Espacios favorables para la radicalización yihadista. La prisión

La naturaleza y complejidad de los procesos asociados a la radicalización violenta y al reclutamiento de terroristas –captación y adoctrinamiento-, obliga a su estudio en uno de los espacios donde terrorismo de etiología yihadista y procesos de radicalización se halla más sólidamente consolidado: los establecimientos penitenciarios, dirigiendo a su vez el mismo, casi de forma obligada, a un análisis desde el enfoque psico-grupal, concediendo un enorme valor a los procesos personales y contextuales que favorecen una eventual emisión de  comportamiento terrorista.

Pero, antes de abordar este fenómeno, intentaremos definir qué se entiende por radicalización y por radicalización violenta. La radicalización ha sido definida en multitud de análisis, no habiéndose constatado un acuerdo general sobre la misma, aunque grosso modo podemos extraer de todas ellas la idea de que la misma, supondrá una mayor preparación y compromiso para el “conflicto intergrupal”. Así, y tal y como es descrito por McCauley y Moskalenko (2008), la radicalización significa un cambio de creencias, sentimientos y comportamientos en direcciones que justifican cada vez más la violencia intergrupal, la demanda de compromiso personal y exigen sacrificios en defensa del endogrupo.

La radicalización violenta, por su parte, ha sido definida por la Comisión Europea (2002), como “el fenómeno en virtud del cual las personas se adhieren a opiniones, puntos de vista e ideas que pueden conducirles a cometer actos terroristas”. De esta manera, podría ser  entendida como el resultado de un proceso en el que los individuos se adhieren a opiniones o ideas extremistas (como resultado de un proceso de interacción entre aspectos tanto internos como sociales), que podrían conducirle, a la comisión de actos terroristas (Trujillo, H., 2017).

Los primeros encuentros con individuos radicalizados, predicadores radicales, agentes de radicalización o miembros de grupos u organizaciones terroristas, no son siempre buscados por el sujeto, sino que muchos de ellos se producen de manera incidental o imprevista. En este sentido, hay que dar siempre un valor explicativo de gran magnitud a los escenarios mayormente frecuentados por  los extremistas radicales. Espacios y entornos considerados críticos, donde el reclutador intentará realizar un primer acercamiento al potencial recluta para ganarse su confianza, un sujeto que muy probablemente será una persona con elevada afectación psicológica y sin un mínimo de autonomía anímica que le permita tomar decisiones “útiles y adaptativas” (Moyano, M., 2020).

Se han señalado como entornos favorables para la radicalización yihadista, barrios que concentran a una amplia proporción de los integrantes de alguna diáspora; lugares de culto islámico como las mezquitas; lugares de ocio donde se recrean costumbres propias de la cultura islámica, como teterías, o carnicerías halal; locutorios, instalaciones deportivas, sedes de asociaciones culturales, etc. También, entornos formativos  como universidades u otros centros educativos, y los centros de trabajo o pequeños comercios regentados por musulmanes. Los ámbitos de radicalización recogidos por el Real Instituto Elcano para el período de tiempo que oscila entre el año 2012 y octubre de 2018, recogen por este orden los espacios utilizados para el desarrollo de estos procesos de radicalización: domicilios privados en primer lugar, seguidos de, lugares de culto,  locales comerciales, escenarios al aire libre, centros penitenciarios y  lugares de trabajo (Real Instituto Elcano, ARI 123/2018).

A este respecto,  preocupan en la actualidad especialmente las prisiones, espacios que se han constituido como importantes centros de radicalización y donde individuos ya radicalizados pueden establecer vínculos entre sí, así como llevar a cabo labores de proselitismo y reclutamiento de otros internos. A pesar de que las prisiones no aparecían entre los ámbitos de radicalización en nuestro país para los detenidos entre 1995 y 2001, esto, según el mencionado estudio, no se debía a que no se dieran ya procesos de radicalización en las prisiones españolas (se cita en el estudio el desmantelamiento de las células del GIA argelino -Grupo Islámico Armado-  y la célula de Al Qaeda, respectivamente, con el consiguiente ingreso de los detenidos en prisión), sino a que los efectos en materia de radicalización, de los internos condenados por yihadismo en las prisiones sobre otros reclusos, no se observarían hasta el año 2004, cuando la cifra de internos se incrementó de forma notable como consecuencia de los atentados del 11 de marzo en Madrid. En las prisiones ya se han detectado desde entonces,   multitud de experiencias de radicalización (podríamos nombrar entre otras, dos de las más conocidas operaciones contra el terrorismo de etiología yihadista en los establecimientos penitenciarios de nuestro país y que implicaron la desarticulación de una importante y extendida red de radicalización y captación yihadista en prisiones: las operaciones Nova en el año 2004 y Escribano en 2018, de las que hablaremos más adelante).

En efecto, y partiendo de la base de que son dos los factores cruciales  para comprender los procesos de radicalización yihadista en España, analizados por el Real Instituto Elcano (ARI 62/2017), a saber, el contacto cara a cara (o también on line) con algún agente radicalizador, y por otro lado, la existencia de vínculos sociales previos con otros individuos ya radicalizados, podemos entender que las prisiones son espacios de concentración de numerosos individuos que por sus especiales características (primer ingreso en prisión, desconocimiento del idioma en algunas ocasiones, bajo nivel de autoestima, niveles elevados de frustración por diversos motivos, sentido de incertidumbre personal por experiencias humillantes -percibidas o no-, discriminación, percepción de injusticia y humillación, etc.) se muestran vulnerables y por tanto  resultan “atractivos” para el agente reclutador, que lo sabe, y que por  ello lo explotará hasta sus máximas consecuencias. Ese contacto “cara a cara” como decimos, será determinante en el futuro adoctrinamiento del sujeto, y es de especial relevancia en el ámbito carcelario. Además, el incremento de la población extranjera en las prisiones españolas, de la que más de un 30 % es de origen magrebí[1], puede favorecer  la aparición de estos procesos, independientemente de si los internos profesan o no el Islam y, en caso afirmativo, si lo hacen de una forma más o menos piadosa; el agente reclutador, será el encargado de reconducirlos hasta el extremo más rigorista del credo islámico, convirtiéndolos en auténticos “hermanos de fe”.

No hay que olvidar que el ingreso en prisión es un momento crítico para el interno en lo que respecta al apoyo socio-afectivo y la potenciación de sus recursos de afrontamiento. Dicho  ingreso puede entenderse como una experiencia de pérdida, peligro o desafío que va a crear una disfunción en las actividades habituales del sujeto.  El proceso de adaptación por parte del interno al entorno carcelario, supondrá la superación de una serie de conflictos propiciados por un ambiente carcelario considerado hostil que, en ocasiones, no podrá superar de una manera satisfactoria, lo que puede generar en el interno una mayor permeabilidad psicológica a mensajes persuasivos de reclutadores oportunistas. Estos reclutadores, a fin de ganarse la confianza del interno,  intentarán satisfacer temporalmente sus necesidades básicas  (refuerzo social, motivación, autoestima, consecución de objetivos básicos, etc.), acogiéndole y dando sentido a su vida en un momento de crisis vital o identitaria. Aunque la radicalización no es un fenómeno exclusivo del Islam, dado que cualquier religión es susceptible de experimentar derivas violentas, este es utilizado como “coartada” por el terrorismo yihadista, aunque el elemento teológico en absoluto puede ser considerado causa unívoca de este tipo de terrorismo (Carou-García, S., 2019a), dada la gran cantidad de variables que influyen en el mismo. Sin embargo, sí será considero correa de transmisión para lograr la pretendida cohesión y pilar identitario de estos grupos sectarios, y por tanto, será también “utilizada” dentro de las prisiones.

Sin embargo, sería simplificar y sintetizar mucho la realidad pensar que una persona solo por el hecho de estar en crisis, va a sucumbir a la radicalización bajo control ideológico, o yendo más allá, si así sucediese, llevarla a la comisión de actos terroristas. El fenómeno es mucho más complejo que esto y existen otros factores, procesos y argumentos  que pueden llevar a un sujeto a emitir un comportamiento violento terrorista, tales como la justificación y la legitimación de la acción violenta, añadidos además, a ciertos factores desinhibidores de la agresión.

Porque, para que alguien, después de ser adoctrinado, de un paso más y, tras  ser alienado anímicamente y adoctrinado ideológicamente (en el caso que nos ocupa, en el salafismo yihadista[2]), acabe siendo un extremista violento, será necesario que crea firme y contundentemente en la violencia como un instrumento lícito e inequívoco para conseguir sus objetivos; para lograr esto último, el adoctrinador utilizará todo tipo de artificos y sutilezas con el adoctrinado, como atribuir las culpas de “todos sus males” al otro (polarización y pensamiento único “nosotros/ellos”; “o nosotros/o ellos”), al exogrupo por tanto, convenciéndolo del maltrato, injusto y continuado, que ejerce Occidente (para el caso del terrorismo de etiología yihadista) sobre la sociedad musulmana en su conjunto. La propaganda yihadista en este sentido, ha perseguido siempre la deshumanización de los blancos de la violencia, es decir, de la sociedad occidental y cristiana a la que se responsabiliza de una supuesta agresión hacia la nación musulmana, que se presenta como humillada y victimizada (Alonso Pascual, R., 2009). El resultado será el surgimiento de una serie de actitudes extremistas de corte violento, y de una necesidad acuciante de venganza  (Trujillo, H., 2020).

La radicalización en el entorno penitenciario

Pero, como decimos, es necesario  introducir una máxima que ha de tenerse en cuenta en el estudio de los procesos de radicalización violenta, y es la que establece que casi todos los terroristas son extremistas, aunque la mayoría de los extremistas no son ni llegarán nunca a ser terroristas. Así, y tal y como exponen el profesor Trujillo y colaboradores (2006), la totalidad de sujetos identificados con una corriente ideológica-política extremista, no acabarán perpetrando actos terroristas. Dentro de la heterogeneidad existente en la población, habrá sectores de la misma que consideren la violencia como un medio adecuado para la obtención de beneficios que casen con sus creencias, pero otros, por el contrario, no.

Los ejemplos de radicalización off line de origen o fraguada en los establecimientos penitenciarios son muy numerosos. Podemos destacar el caso de Zacarías Moussaoui, conocido por su participación en la red terrorista que organizó los atentados del 11 de Septiembre en Nueva York y Washington, o el de Richard Reid (más conocido como el “terrorista del zapato”, quien intentó hacer estallar en pleno vuelo un avión de American Airlines); el sanguinario Abu Musab al Zarqawi, líder de Al Qaeda en Irak y quien consolidaría su radicalización en una prisión jordana, es otro ejemplo más de los muchos precedentes de sujetos radicalizados en contextos penitenciarios. También, podemos mencionar el caso de Lahcen Ikasrrien,  antiguo preso en la cárcel de Guantánamo y cabecilla del grupo denominado “Brigada Al-Ándalus”, grupo desarticulado en el marco de la Operación Gala desarrollada en Madrid en julio de 2014; Jamal Ahmidan, radicalizado durante su internamiento en una prisión marroquí y que posteriormente jugó un papel clave en la financiación de los atentados del 11 de marzo en Madrid; o el de Chérif Chekatt, el atacante del mercadillo navideño de Estrasburgo en 2018, un joven de 29 años converso al islam en la prisión (al islam radical, obviamente); Amedy Coulibaly, es otro de estos casos, un joven francés que pasó de la pequeña delincuencia a la gran criminalidad, convirtiéndose posteriormente al islam radical. Coulibaly, al igual que Chérif Kouachi, radicalizó sus posiciones extremistas aún más en prisión, y esto, a pesar de haber demostrado durante su internamiento un “buen comportamiento”; Coulibaly fue el responsable de la muerte de un policía y de cuatro personas más en un supermercado judío en Francia, y Kouachi, junto a su hermano Said, fue uno de los responsables del brutal ataque al semanal satírico de Charli Hebdo en 2015. Estos son solo algunos casos, el listado es numerosísimo.

Un dato relevante a este respecto, analizado por el Centro Internacional de Contraterrorismo (ICCT)[3] en un estudio sobre los ataques terroristas yihadistas en Occidente tras la declaración de la instauración de un califato por el autodenominado Estado Islámico (EI) en junio de 2014, destacaba que casi un tercio de los sujetos que habían protagonizado ataques terroristas yihadistas en Occidente, había pasado por prisión antes de esos ataques; algunos de ellos se encontraban cumpliendo condena por actividades relacionadas con el terrorismo, y otros, habían cometido delitos no relacionados con el terrorismo. El caso español, también refleja estos procesos de radicalización en las prisiones, que demuestran de qué manera estas han servido como espacios para la articulación de grupos yihadistas, e incluso para la ideación o planificación de atentados en territorio español. Este fue el caso del interno Abderrahmane Tahiri, más conocido como Mohamed Achraf, quien se erigió emir de un grupo de internos en la prisión de Topas, en la provincia de Salamanca, a quienes reclutó y adoctrinó en la corriente más radical, rigorista y extrema del salafismo (Operación Nova y Escribano); un ejemplo muy paradigmático del influjo que estos reclutadores tienen sobre algunos internos en las prisiones, así como del gran problema de seguridad que supone el desarrollo de estos procesos dentro de las mismas.

Tal y como se describe en el estudio del Real Instituto Elcano (ARI 123/2018), la evidencia empírica sugiere que existe un significativo y persistente grado de reincidencia en actividades yihadistas dentro y fuera de las prisiones, algo de especial interés si consideramos por una parte, el constatable impacto aglutinador, a la vez que operativo, atribuible a los yihadistas reincidentes, y por otra, el inusual flujo de yihadistas excarcelados que se espera en España a lo largo de la próxima década (según los estudios del Real Instituto Elcano, y tal y como describe el analista Fernando Reinares, Director del Programa sobre Terrorismo Global, medio centenar de yihadistas serán excarcelados en España hasta 2022; entre 2015 y 2018 ya han salido de prisión 20 condenados por yihadismo; otros 53 hasta 2022 y más de 70 hasta 2026; alcanzarán la libertad con la condena cumplida y con los riesgos que ello comporta). Hay un impacto, por tanto, que el encarcelamiento tiene sobre la eventual reincidencia en actividades yihadistas de quienes entraron en prisión ya radicalizados o se radicalizaron durante su estancia en la misma.

Si a esto añadimos, que los radicales violentos utilizan también las prisiones para conexionar o vincular a otros internos relacionados con la delincuencia o el crimen organizado con sus redes o células yihadistas, el problema adquiere una magnitud mayor. Grupos yihadistas como el mal llamado Estado Islámico han aprovechado este nexo entre el mundo criminal y el terrorismo, aplicándolo incluso en su propaganda, donde han llegado a transmitir el mensaje nada desdeñable de que “no era necesario” cambiar el comportamiento, sino tan solo la “motivación”, en un claro llamamiento a que cualquier individuo independientemente de su perfil delincuencial, podía vincularse con la organización, obteniendo así, entre otras cosas, su propia redención.

La pregunta es obvia, ¿Por qué sucede? ¿Qué explica que un individuo tras su ingreso en prisión por delitos no relacionados con el terrorismo de etiología yihadista, acabe sucumbiendo a esta ideología radical?

Los centros penitenciarios son lugares de privación de libertad, cerrados al exterior, vigilados y con normas de funcionamiento estricto. Cuando un individuo es privado de libertad, es frecuente que se vea afectado por desequilibrios emocionales y físicos, crisis existenciales e identitarias que pueden conducirlo  a cuestionamientos de tipo personal. Esta situación puede hacer a la persona susceptible  a la búsqueda de nuevas fuentes de sentido vital y la influencia de relaciones personales en las que encuentre formas para adaptarse mejor a la vida en reclusión (Real Instituto Elcnao, ARI 123/2018). También puede sentirse atraído por relatos  (propaganda yihadista) que los agentes de radicalización tratarán de insuflarles de un modo porfiado y contumaz. Relatos que, en ocasiones, legitiman la violencia y la justifican con alegaciones propias de estas narrativas: ensalzando el maltrato al que la sociedad los somete (“injustamente”); identificando a los “culpables” de esos maltratos (“ellos”, es decir, “nosotros”; la ya mencionada polarización); atribuyendo la culpa de todos los males al “enemigo”; deshumanizando a las víctimas, tratando de cosificarlas o animalizándolas; desplazando la responsabilidad para ejercer la violencia hacia un “ser superior” e incuestionable; dispersando la responsabilidad para ejercer la violencia, de modo que al sujeto adoctrinado se le hace entender que todos los miembros de su grupo (endogrupo) la ejercen; ensalzando la violencia como el único instrumento para que el adoctrinado pueda resarcirse del maltrato sufrido, mostrando así que la venganza es el mejor instrumento para reconquistar el honor perdido y alcanzar así una nueva vida “más digna” y con más sentido y certidumbre para todos, etc. El resultado no será otro que el surgimiento de actitudes extremistas de corte violento y una acuciante y peligrosa necesidad de venganza.

Los agentes radicalizadores, ofrecerán a estas personas afectadas anímicamente, una respuesta que dotará de sentido sus vidas, promoviendo su inclusión en un “nuevo grupo” que satisfará su deseo de pertenencia a un colectivo abriéndole nuevas posibilidades de pertenencia y un nuevo proyecto de vida. Es este agente radicalizador, una figura por tanto carismática y atrayente[4]  quien logrará “convertir” al sujeto, incluso llegando a convencerlo en algunas ocasiones,  del “paso a la acción” (García Magariño, S., CEDEU).

En la etapa del proceso radicalizador, a la que podemos denominar fase de  desinhibición y legitimación violenta, el reclutador conseguirá que el nuevo adepto acabe considerando que las acciones violentas son moralmente lícitas e instrumentalmente válidas para alcanzar sus objetivos. De hecho, y yendo un paso más allá, si se dan las condiciones adecuadas, el individuo manipulado puede acabar creyendo firmemente que necesita morir matando para darle el máximo sentido posible a su existencia, y así, ganar importancia personal, lo que le permitirá poder empezar a disfrutar de la pureza absoluta más allá de lo mundano (romper con su vida “anterior”, obtener la “purificación y salvación eternas” por sus pecados pasados). El suicido –martirio para el salafista-, adquirirá una gran relevancia llegados a este punto (Trujillo, H., Procesos de radicalización off line, 2019).

Certidumbres en los procesos de radicalización

Los procesos de manipulación psicológica son muy importantes en los fenómenos de adoctrinamiento y hay que destacar, tal y como evidencian estudios como los del profesor Manuel Moyano y colaboradores (2009), que es muy probable que los individuos que están siendo adoctrinados no sean conscientes de los métodos de reclutamiento y adoctrinamiento a los que están siendo sometidos (uso del engaño y la mentira, denigración del pensamiento crítico de la persona, etc.). Este grupo de profesionales mencionados, llevó a cabo un análisis minucioso sobre los procesos de manipulación psicológica evidenciados en la célula terrorista que dio lugar a la Operación Nova (Sentencia nº6/2008 de 27 de febrero, de la Audiencia Nacional), extrayendo interesantes conclusiones acerca del uso por parte de ciertos líderes terroristas de dinámicas “totalitarias” de manipulación psicológica que favorecían el reclutamiento, adoctrinamiento y la radicalización de varios miembros de esta célula, poniendo a la vez de manifiesto la existencia de un liderazgo plenamente identificado en el grupo (en la persona de Mohamed Tahiri), un reclutamiento del todo premeditado y un adoctrinamiento sistemático dirigido por la cúpula de la célula. Es interesante resaltar, no ya el hecho, del todo incuestionable, de que el individuo “sometido” alcance un estado emocional y cognitivo crítico (lavado de cerebro) que lo conduzca a una eventual desinhibición de la violencia extrema llegando a legitimar o justificar  la misma en un momento dado, sino a la relevancia extrema del papel que en estos procesos juega el propio reclutador, a quien como poco, se le concederán unas mínimas aptitudes para lograr  en sus “objetivos”(esos sujetos elegidos por él durante el proceso de identificación[5]) la subordinación y el sometimiento a la causa bajo persuasión (a veces coercitiva y agresiva).

La secuencia en la que se consigue la desinhibición en el reclutado, facilitando la ruptura de las barreras de la violencia terrorista y modificando la estructuración cognitiva de la persona, podría resumirse escuetamente en el siguiente esquema: 1. deshumanización de la víctima (el enemigo es indigno; se le atribuyen comparaciones con sucios animales, por ej., “cerdos”); 2. atribución de la culpa al propio agredido (los terroristas invocarán injusticias y opresiones para justificar sus agresiones); 3. justificación de las agresiones bajo los principios de orden moral y superior (justificación para sus acciones cambiando la interpretación o la evaluación emocional de los acontecimientos); y, 4. de-sensibilización del propio agresor a las consecuencias de su acción violenta -el agresor, tras llevar a cabo sucesivos actos violentos, llega a habituarse a lo desagradable de las consecuencias de éstos (Moyano Pacheco, M., 2010).

En definitiva, durante el proceso el reclutador buscará controlar la personalidad del reclutado (del interno, en el caso que nos ocupa), utilizando para ello todo tipo de recursos propios de los procesos sectarios, en los que pretenderá obtener poder y conquistar (ocupando) la mente del individuo (a través de la propaganda yihadista) hasta el punto de que todo aquello que lo pudiera definir como persona en el pasado, sus intereses personales o sus relaciones personales (de pareja, familiares, amistosas), todo aquello que pudiera entender como “parte de sí mismo”, quede subvertido paulatinamente. De no ser así, “serás un desertor, un apóstata…”. El proceso se convierte de esta manera, en una especie de asalto a la identidad del individuo.

Así, aunque se puede considerar que la radicalización va a suceder durante todo el proceso de reclutamiento de la persona, cuando fundamentalmente va a fraguarse es a lo largo de tres fases de extrema importancia:

  1. una fase de sometimiento psicológico en la que el reclutador conseguirá que la persona caiga en un estado de indefensión, desarrollando así un conjunto de pensamientos, emociones y conductas radicales e inflexibles (radicalización anímica).
  2. Una fase de adoctrinamiento ideológico, en la que se consigue que la persona se radicalice en un ideario político-religioso (radicalización doctrinal).
  3. Y una fase de desinhibición y legitimación violenta en la que se considere que las acciones violentas son lícitas e instrumentalmente válidas para alcanzar sus objetivos, los impuestos por los líderes del grupo (radicalización violenta).

Entenderemos así que la radicalización es un proceso dinámico que conduce anímica e ideológicamente a una persona en crisis y sin la suficiente autonomía psicológica, hacia una percepción extrema e inflexible de la realidad, desde la que va a aceptar sumisamente una doctrina político-religiosa, considerando que el uso de la violencia es el mejor medio para conseguir objetivos personales y grupales -extremismo violento- (Trujillo, H., 2019).

En este interesante estudio sobre la Sentencia de la Operación Nova (Sentencia nº 6/2008, Audiencia Nacional), se refleja la utilización de todos estos mecanismos de manipulación psicológica en los miembros del grupo adoctrinado en la prisión de Topas (Salamanca), que los llevaron a constituir un grupo realmente cohesionado, preparado además, para atentar a su salida de prisión[6]. El grupo presentaba un sistema de lógica cerrado, con una organización férrea. El líder de la célula supo instalar entre sus miembros una serie de conductas y actitudes nuevas, consiguiendo que éstos quedasen aislados socialmente de todo menos de su propio grupo (endogrupo), controlando el entorno y demostrando una gran capacidad de manipulación para ello.

El interno vulnerable: principal objetivo del reclutador

Los reclutadores se sirven básicamente de la falta de autonomía psicológica de las personas a reclutar. En el caso de los internos que son reclutados en prisión, y por tanto, vinculados de una u otra forma con la organización yihadista, aquellos más vulnerables por presentar crisis personales, afectaciones psicológicas asociadas a estas crisis, necesidad de “ser alguien”, pérdida de sentido vital, necesidad de aceptación social, hostilidad (percibida o real), etc., serán los más proclives a someterse a estos procesos manipulativos y de sometimiento  o alienación psicológica, y por ende, al adoctrinamiento ideológico de corte yihadista. Pero en este sentido, debemos incidir en el hecho de que, tal y como señalan los estudios del profesor Trujillo  (Trujillo, H., 2019), “las figuras del reclutador y del reclutado, muy parecidas en esencia, se retroalimentan y son dos manifestaciones de un mismo fenómeno psicosocial donde estados emocionales asociados a crisis personales y afectación psicológica, son comunes en ambos: apatía, frustración, miedo, humillación, ira, cólera, odio, tensión…El resultado de todos estos estados emocionales será el malestar generalizado y la inquietud”.

El especialista Miguel Perlado, coordinador del departamento de Derivas Sectarias del Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña, advierte de la gran complejidad de los procesos de radicalización yihadista, muy similares a los sectarios, ya que tienen un núcleo de secta que es innegable desde el punto de vista de su jerarquía interna y de los sistemas de atracción y retención de sus miembros. Es frecuente que el captador ponga el foco en aquellos sujetos con problemas vinculados a su identidad, al sentirse perdidos, perdedores o no entendidos, sentimientos que en ocasiones se encuentran demasiado ocultos en el sujeto.  Perlado apunta a colectivos vulnerables: los jóvenes, sujetos manipulables (más que los adultos) que se mueven por ideales que se unen en muchas ocasiones a frustraciones emocionales. Esto, será explotado por el reclutador eficiente que lo aprovechará de forma inteligente. Por tanto, el reclutador perseguirá un vínculo inicial (“cara a cara”) de tipo emocional, buscando por tanto, fisuras emocionales. Los captadores apelarán a la fibra sensible, a esos “dolores ocultos” del individuo, a sus frustraciones. De esta manera, explica este experto, a medida que el proceso de radicalización avanza, se afianza en la persona un mecanismo mental de disociación en el cual la mente acaba funcionando en dos mundos en paralelo, se duplica, por decirlo de alguna manera; el observador externo, no es muchas veces capaz de percatarse de ello (este hecho puede explicar la incredulidad de las familias de los terroristas, cuando se enteran de sus acciones; aplicado al ámbito carcelario puede explicar también que, en ocasiones, pase desapercibido un eventual cambio conductual en el interno radicalizado, aunque en este sentido, debemos destacar que el recluso, al saberse observado por los profesionales penitenciarios –será advertido por el reclutador sobre este particular-, intentará disimular en la medida de lo posible sus nuevas congniciones[7]).

Toda vez que se traspasa el umbral de la emoción, es cuando comienza en sí el adoctrinamiento ideológico (y aquí, la utilización magistral de su propaganda, el lenguaje muy cuidado, la apelación a sentimientos “islámicos” supremos –la umma-, a la marginación/represión/humillación a la que es sometida la comunidad islámica global, etc. El repertorio de mensajes maximalistas es amplio: ellos son el “grupo elegido” para salvar a la comunidad, deben superarse en pro de un fin mayor…). Los vínculos amistosos y familiares (es de especial relevancia la incidencia de casos en los que los hermanos mayores han ejercido una gran influencia sobre los menores, retroalimentándose ambos, entre otras cosas porque saben que no se van a delatar), favorecen la creación de “grupos” en las prisiones.

Consideraciones Finales. La importancia de la prevención en las prisiones

*Tal y como hemos referenciado, las prisiones se han convertido en espacios donde la consolidación o el inicio de procesos de adoctrinamiento y radicalización yihadista, se han desarrollado. Hemos destacado una fecha clave para la observancia y detección de estos procesos: el año 2004, año en el que se incrementó de forma notable la cifra de internos relacionados de una u otra forma con los procesos de radicalización yihadista en las prisiones españolas, como consecuencia de las detenciones de individuos vinculados con el terrorismo de etiología yihadista tras los fatales atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid.

*Dos son las operaciones en las que tanto Instituciones Penitenciarias como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, iniciaron investigaciones y pesquisas que llevaron a la desarticulación de dos células originadas en centros penitenciarios españoles (la operación Escribano implicó a 17 establecimientos penitenciarios y a no menos de 25 internos).

*Entre los años 2002 y 2004, se articulaba en la prisión de Topas, en Salamanca, una célula dirigida por Mohamed Achraf, erigido emir de la misma, que tuvo la capacidad de burlar los sistemas de seguridad de las prisiones, configurando un grupo cohesionado de internos a los que radicalizó y adoctrinó en el islam más excluyente, rigorista y radical (bajo la ideología del salafismo yihadista), y que incluso llegó a planear la comisión de un atentado a su salida de prisión, para lo cual tenía perfectamente pergeñado su modus operandi. No sería sin embargo condenado por ello, dado que se consideró una mera “ideación” imposible de ser sometida a juicio. Unos años más tarde, cuando estaba próxima su salida en libertad por esta condena de pertenencia a banda armada, sería de nuevo detenido por haber articulado una segunda célula en prisión que ya aglutinaba a internos[8] de otras prisiones (en total, 17 centros penitenciarios). El desmantelamiento de esta célula, bajo la denominación operativa de “Escribano”[9], supuso un golpe para el terrorismo de etiología yihadista, pero sobre todo evidenció que los procesos de radicalización yihadista ocurren y se originan también en los centros penitenciarios, por lo que se nos transmite la certeza de que es necesario aumentar la labor de prevención y detección de los mismos. Esta labor exige una comprensión en profundidad de este fenómeno, de un modo integral, siendo abordado desde un enfoque multidimensional y desde diferentes disciplinas, teniendo en cuenta que el proceso de radicalización yihadista es una realidad poliédrica y que muy raramente existe un único y claro catalizador que conduzca hacia el radicalismo, sino varios y variados, tantos como sujetos radicalizados.

*Algo a destacar es que estos procesos pueden llegar a su fin, estancarse o interrumpirse de forma voluntaria en alguna de sus fases, encontrándonos siempre ante la decisión libre e imprevisible del sujeto (Jordán, J., 2009), por lo que el conocimiento profundo del fenómeno de la radicalización violenta es fundamental para una detección temprana que permita la pronta  intervención de los profesionales penitenciarios.

*La importancia de las redes sociales en prisión se ha constatado como de especial relevancia, dado que en los dos operativos mencionados en este análisis (Nova y Escribano) quedó demostrada la “consagración” a la causa de un nutrido grupo de internos, gracias a labor reclutadora de uno de ellos, erigido líder, quien bajo técnicas de manipulación y abuso psicológico  (mediante conversaciones y encuentros reiterados con los miembros de su grupo)  propició  en ellos la motivación yihadista. La pretensión de este sujeto, líder espiritual de ambas células, era  materializar un atentado terrorista en territorio español a su excarcelación por libertad definitiva  y con la ayuda de sus acólitos.

*A este respecto, no cabe duda de la importancia del factor emocional en estos procesos, que junto a otros elementos de tipo identitario (lazos de compañerismo y amistad; afinidad personal) llegan a  generar una especie de “identidad compartida” entre los reclusos que favorece la cohesión y solidez de grupo.

*Las redes sociales generadas y mantenidas en las prisiones, se han convertido en mecanismos facilitadores del contacto con militantes yihadistas o agentes radicalizadores que transmiten y fortalecen valores islamistas radicales (Jordán, J., 2009). Queda demostrado que las prisiones se han establecido históricamente como contextos críticos que facilitan la proliferación de procesos de radicalización bajo manipulación psicológica, coerción y persuasión, tres vectores empíricamente contrastados en la investigación mencionada sobre la Sentencia /2008 de la Audiencia Nacional, entendiendo que este estudio configura una base con solidez de material empírico, que permitió el análisis de indicadores de manipulación y abuso psicológico aplicado a los miembros de una célula en prisión, y que deberían ser tenidos en cuenta en futuros abordajes del fenómeno.

*Para concluir, el perfil criminológico de los internos vulnerables a los procesos de radicalización, así como el de aquellos erigidos líderes espirituales y agentes reclutadores capaces de desarrollar autoridad, poder e influencia sobre los miembros del grupo, debería ser tenido en cuenta a la hora de elaborar programas de intervención y tratamiento en los establecimientos penitenciarios, al objeto de poder establecer un diagnóstico de peligrosidad. Un apoyo de indiscutible valor podría ser la incorporación en las plantillas de los establecimientos penitenciarios, de la figura de criminólogos expertos en perfilación criminal del terrorista yihadista, lo que podría beneficiar y enriquecer el tratamiento penitenciario, en especial, en materia de prevención de estas conductas. Dado que el encarcelamiento no supone el final de la adscripción del terrorista al extremismo violento, sino una “etapa” más, es imperativo impedir que éstos ejerzan influencias negativas sobre otros internos a través de procesos de radicalización y reclutamiento.

*Desde el año 2008, en el que se contabilizaban unos 120 casos de internos encausados o condenados por actividades relacionadas con el terrorismo yihadista, hasta la actualidad, este tipo de población reclusa, lejos de disminuir, ha aumentado de forma considerable, al igual que en otros países de nuestro entorno (como Alemania, Reino Unido, Francia o Suecia), también señalados como “objetivo” por estas redes y organizaciones islamistas radicales. Los problemas de integración pueden llegar a ser utilizados por estos sujetos para de algún modo fomentar el “victimismo” y a partir de este, la radicalización.

Resulta por tanto indispensable la identificación de los espacios y personas que llevan a cabo actividades de captación, adoctrinamiento y reclutamiento de nuevos individuos para su integración en estas células, grupos y redes, objetivo indispensable para la institución penitenciaria en su misión de dar respuesta a estos fenómenos de un modo eficaz. La  gravedad de la radicalización en prisión, no derivada solo de la eventual letalidad que puedan ocasionar las acciones terroristas de estos sujetos a su excarcelación, sino de la gran cantidad de internos que pueden caer bajo el influjo de la radicalización, teniendo en cuenta las peculiares condiciones que comporta la prisión, una “institución total” que presenta las características óptimas para la propagación del salafismo radical, y que se ha convertido así en un desafío para la seguridad y la defensa de la nación española.-

Te anuncio una buena nueva, he formado un grupo en el cual están todos los hermanos de los que te había hablado, son como mis hermanos, y los conozco bien; están preparados para morir en el nombre de Alá en cualquier instante, espérate solo que salgan pronto si Alá quiere para que empiece el trabajo y tu si Alá quiere, estarás con nosotros, dentro de nuestro grupo, este es nuestro deber, pensar, planificar, preparar…porque después de nuestra salida, si Alá quiere, empezaremos a trabajar enseguida. Solo nos falta la ejecución. Le pediremos a Alá éxito”[10]

Carta enviada por Mohamed Achraf desde el centro penitenciario de Madrid III, a uno de los internos de especial confianza que ocupaba su papel de líder del grupo (el denominado “grupo de Topas”) cuando Achraf estaba ausente.

Autora: María Dolores Calvente Moreno

Bibliografía:

-Alonso Pascual, R., Procesos de radicalización y reclutamiento en las redes de terrorismo yihadista, 2009.

-Carou-Garcia, S., Reclutamiento yihadista en prisión. Análisis de los instrumentos jurídicos destinados a su prevención, Cuaderno de la Guardia Civil, nº59, 2019.

-Carou-García, S., Yihadismo y Derecho Penitenciario. La prevención del extremismo violento en prisión desde una perspectiva tratamental, 2019.

-García Magariño, S., Una aproximación al proceso de radicalización extremista en el islamismo, CEDEU.

-MaCauley, C. y Moskalenko, S. Mechanism of political radicalization: pathways toward terrorism. Terrorism and political violence, 2008.

-Montero Pérez de Tudela, E., El fenómeno del yihadismo: especial mención a sus características en el medio penitenciario español, Cuadernos de política criminal, nº 119, Septiembre de 2016.

-Moyano Pacheco, M., Factores psicosociales contribuyentes a la radicalización islamista de jóvenes en España. Construcción de un instrumento de evaluación, Programa de Doctorado, 2010.

– Moyano, M., El reclutamiento yihadista. Claves psicosociales para su comprensión y prevención, 2020.

-Reinares, F., García Calvo, C., Vicente, A., ARI 62/2017, Dos factores que explican la radicalización yihadista en España, 2017.

-Reinares, F., García Calvo, C., Vicente, A., ARI 123/2018, Yihadismo y prisiones: un análisis del caso español, 2018.

-Trujillo, H., De la agresividad a la violencia terrorista: historia de una patología psicosocial previsible (parte II), 2006.

-Trujillo, H., Radicalización ideológico-política y terrorismo: un enfoque psicosocial, 2017.

-Trujillo, H., Moyano, M., Alonso, F. y Cuevas J.M., Evidencias empíricas y abuso psicológico en el proceso de adoctrinamiento y radicalización yihadista inducida, 2018

-Trujillo, H., Procesos de radicalización off line, 2019.

-Trujillo, H., Análisis del perfil de los reclutadores, 2019.

Páginas web consultadas:

-https://nurivilcom.wordpress.com/2017/05/21/zarqawi-se-radicalizo-tras-lo-que-encontro-en-prision/

-https://www.efesalud.com/yihadismo-y-sectas-mas-cerca-que-lejos/

-https://www.redaccionmedica.com/secciones/sanidad-hoy/los-yihadistas-no-son-psicopatas-pero-desconectan-sus-emociones-9209

[1] Montero Pérez de Tudela, E., El fenómeno del yihadismo: especial mención a sus características en el medio penitenciario español, Cuadernos de Política Criminal, nº119, Septiembre de 2016.

[2] El salafismo o movimiento salafista, es un movimiento islamista radical totalitario, surgido en la península arábiga durante la primera mitad del siglo XIX y que defiende un retorno a las tradiciones del salaf, entendiendo por salaf, a las tres primeras generaciones de musulmanes. Se centra en el tawheed o autoridad absoluta de Dios. El psicólogo Quintan Wiktorowicz, divide a los grupos salafistas en tres tipos, estableciendo la siguiente clasificación: puristas, dedicados a la expansión pacífica de sus ideas a través de la da´wa o predicación; políticos, los cuales de un modo más activista vinculan sus ideas a asuntos políticos y, finalmente, los yihadistas, los más radicales que establecen su ideología en  base a la yihad en su sentido más belicoso, declarando la misma en contra de los “infieles” y apóstatas como medio de alcanzar la ansiada “purificación del islam” (Wiktorowicz, Q., Anatomy of theSalafiMovement, 2006).

[3]Vidino, L., Clifford, B., EUROPOL, A Review of transatlantic best practices of countering radicalisation in prisons and terrorist recidivism, 2019.

[4] La radicalización  comúnmente se da en grupo, en compañía de otros y con el concurso de un “agente de radicalización” (aunque es también posible de forma individual –autoadoctrinamiento-). Es uno de los dos factores explicativos de los procesos de radicalización yihadista para España, que el Real Instituto Elcano describe, junto a la existencia de vínculos sociales previos. Este “agente radicalizador” es alguien que entra en relación con el sujeto logrando convertirlo a la lucha violenta. Puede ser un activista carismático, nombrado por alguna organización terrorista para esta específica labor, o también un líder religioso salafista; también puede ejercer este rol un familiar, amigo, o cualquier otra persona previamente radicalizada. Un interno condenado por delitos vinculados con el terrorismo de etiología yihadista, puede ser clave como reclutador dentro de una prisión, por lo que su observancia y vigilancia exhaustiva es fundamental para evitar el inicio de estos procesos.

[5] Partiremos de la base de que, el proceso de radicalización, muy similar en determinados casos al que se da en ciertos grupos sectarios y de abuso psicológico,  se producirá tras un proceso de manipulación psicológica dirigido y sistemático, desarrollado por una jerarquía adoctrinante que aplicará técnicas y estrategias determinadas para este fin. El papel de las redes sociales y el de los procesos de grupo, por tanto, será fundamental para comprender la radicalización. El autor Cano Paños, M.A., distingue cuatro fases en los procesos de radicalización islamista: la aproximación y primeros contactos; la pre radicalización o auto identificación; el aislamiento y adoctrinamiento y la yihadización (ver Generación yihad. La radicalización islamista de los jóvenes musulmanes en Europa, 2010). Para conocer más sobre los estados emocionales y cognitivos determinantes en el desarrollo de estos procesos, ver también el ensayo Evidencias empíricas de manipulación y abuso psicológico en el proceso de adoctrinamiento y radicalización yihadista inducida, Trujillo y col., 2028.

[6] La pretensión era atentar con un camión bomba contra las instalaciones de la Audiencia Nacional en Madrid, así como en las sedes del Partido Popular, la estación Príncipe Pío y el Tribunal Supremo. No obstante, catorce de los veinte condenados por delito de pertenencia a un grupo terrorista fueron absueltos, considerando el tribunal que no era “suficiente” la expresión de ideas extremistas dentro de un círculo reducido: “los desvaríos religiosos de cualquier índole que prediquen odio al diferente (…)” no fueron suficientes para valorar que se trataba de un grupo organizado y armado, y no se consideraron pruebas suficientes. El Tribunal estimó necesario que el “propósito” se materializase en algo más que palabras. No obstante, sí se condenó a quienes hicieron proselitismo. El hecho de castigar la “mera asunción de ideas e ideologías por parte del sujeto activo” ha sido un asunto muy debatido en los últimos años a raíz de la incorporación del delito de Autoadoctrinamiento por el Código Penal (artículo 575.2), gracias a la LO 2/2015 de 2015, llegando a ser tildado por los estudiosos más críticos como una forma directa de atentar contra el derecho fundamental a la libertad de información, religión o ideología (El Supremo anula la mayoría de las penas por terrorismo de la Operación Nova, El País, 8.10.2008).  Ver artículo “¿Leyes que matan ideas frente a las ideas que matan personas? Problemas de la nueva represión de los mecanismos de captación terroristas tras la reforma del Código Penal de la LO 2/2015”, Galán Muñoz, A., 2016.

[7] La “taqiyya” es un término de orígen árabe que hace referencia al “disimulo” que puede mostrar el musulmán cuando sienta que su fe está siendo atacada de alguna manera por el considerado apóstata o infiel. Así, aunque su conducta entre en contradicción con los textos sagrados, estará justificada  (un interno radicalizado musulmán que en prisión no se acoge al “ayuno” riguroso en el mes del Ramadán, o viste de modo “occidental” para ocultar su condición, o no luce “signos religiosos externos” como la barba, para evitar ser detectado por los profesionales penitenciarios).

[8] Dos de ellos estaban cumpliendo condena por su vinculación con los atentados del 11 de marzo de 2004, en los trenes de cercanías de Madrid.

[9] Esta denominación otorgada por la Guardia Civil para el operativo que desmanteló la célula originada en prisión, asimilaba el oficio de “copiar o escribir a  mano documentos” de los escribas –RAE-, al modo en que los internos de las distintas prisiones se comunicaban entre sí y con el exterior; estos, burlaron  la seguridad del establecimiento penitenciario,  utilizando a otros internos (ver Sentencia 618/2008 de 7 de octubre); se valieron para ello, de su derecho a expedir y recibir correspondencia escrita como una de las distintas formas de comunicación autorizadas a los internos por la legislación penitenciaria vigente en nuestro país (art. 51 LOGP y art. 41 RD 190/1996 de 9 de febrero).

[10] Tal y como hemos referido, este interno junto a otro grupo de internos más, pergeñaron un acto terrorista suicida mediante el que pretendían atentar contra la Audiencia Nacional con un vehículo cargado de explosivos. Acharf confesó al que luego sería un testigo protegido que, “necesitaba darle a España el golpe más duro de su historia” (Sentencia 6/2008 de la Audiencia Nacional). Todo esto, sin embargo, fue considerado como una “ideación”, en absoluto suficiente para que Achraf fuese condenado por ello, dado que primó la consideración de que nuestro sistema penal no podía avanzar hacia la “punición de las ideas”. Así lo recuerda la Sentencia del Tribunal Supremo 306/2019, de 11 de junio, cuando advierte de que la acción terrorista es algo más que la expresión de ideas, por más que estas sean violentas. Sería preciso por tanto, precisar de alguna manera, el inicio o decisión efectiva de llevarlas a cabo (citado en “Reclutamiento yihadista en prisión”, (p.55), García Carou, S., 2019).