El Origen de las Ciencias Forenses

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Se podría definir a la Ciencia forense como la ciencia aplicada que se encarga de estudiar los indicios o pruebas periciales y que se fundamenta en los saberes y principios de otras ciencias como pueden ser la biología, la medicina, la física, la química, etc.

Se trataría de investigar un suceso a través de las pruebas obtenidas para averiguar “la verdad” de lo sucedido.

Etimológicamente, la palabra forense, deriva del latín forensis, relativo al foro. Las infracciones penales en la Antigua Roma se dirimían ante un grupo de personas públicamente en el foro; la persona que mejor argumentaba y defendía su postura determinaba el resultado del caso.

“Si queremos reconocer el principio de esta costumbre en nuestra España, vemos no fue otro que la imitación de los Romanos. Tenían estos sus Tribunales en los lugares públicos, mirando sin duda a la utilidad, y comodidad de los litigantes: Praetores, quórum jurisdictio erat, Tribunalia ad Piscinam publicam posuerunt, eo vadimonia fierijusserunt, ibique eo anno jus dictum est, dice Livio. Pero el lugar, y paraje más propio fue la plaza, a la cual llamaron los latinos Fórum: de aquí se dijo in forum vemire, por aquellos que traían a él sus causas, in forum deduci, por los adolescentes, que se destinaban al estudio de la elocuencia jurídica, para cuyo acto precedía cierta solemnidad. Elegíase un día, convocábase la sociedad, o cuerpo de los otros adolescentes, que la acompañaban, y después le vestían la Toga viril, con lo cual quedaban admitidos, con facultad de recibir en sí las defensas de las causas…” (Diccionario histórico, y forense del Derecho Real de España. Andrés Cornejo por D. Joachin Ibarra, Impresor de Cámara de S.M. – 1779).

El libro “El lavado de los males” escrito en 1248 durante la Dinastía Song por Song Ci, podría ser considerado como el primer registro forense de la Historia; en éste se describía la forma de resolver casos penales mediante la utilización de la medicina y la entomología; entre sus páginas se pueden observar consejos para diferenciar un ahogamiento de una estrangulación, así como formas de distinguir si la muerte fue un suicidio, un homicidio o un accidente.

Otra fecha importante en lo que a la Ciencia forense se refiere, es la de 1840, durante el caso de Marie Lafarge, donde se cree se pudo solicitar por primera vez por parte de un juez, un estudio forense toxicológico; juicio en el que intervendría el médico y científico menorquín, Mateu Josep Bonaventura Orfila i Rotger, considerado padre de la toxicología moderna:

“El día 8 de septiembre de 1840 una gran multitud se dirigió al cementerio de la pequeña localidad de Beyssac, en el centro de Francia, dentro del departamento de Corrèze. Seguían los pasos de un grupo de médicos que, junto con el juez de paz, se encaminaban hacia la tumba de Charles Lafarge, fallecido algunos meses antes en misteriosas circunstancias. Los doctores tomaron un gran número de muestras del cadáver y se trasladaron a Tulle, donde se encontraba el tribunal que juzgaba a Madame Lafarge, acusada de haber envenenado a su marido.

En un improvisado laboratorio, junto al palacio de justicia, comenzaron sus ensayos analíticos, que fueron seguidos por un público numeroso desde las colinas circundantes. Dentro de la sala, el olor a cadáver era insoportable, pero nadie quería perderse ni un solo detalle de las declaraciones de Clémentine Servat, la sirvienta de Madame Lafarge, que informó sobre varias compras de arsénico, supuestamente destinado a servir de veneno para ratas. También se le preguntó por los pasteles que la acusada había elaborado para su marido pocas semanas antes de su muerte.

Mientras tanto, los peritos continuaban analizando los restos del cadáver. Las muestras fueron tratadas con varios reactivos que produjeron precipitados de diversos colores. Posteriormente, otra se introdujo en un recipiente de vidrio, junto con una pequeña porción de cinc y ácido sulfúrico; se aplicaba así un nuevo método de análisis diseñado en fecha reciente por el químico británico James Marsh, colaborador de Michel Faraday en la Real Institución de Londres…” (Texto de Bertomeu, José Ramón.  La verdad sobre el caso Lafarge: Ciencia, justicia y ley durante el siglo XIX, Barcelona, El Serbal, 2015).

Más adelante, a finales del s. XIX, Hans Gross, padre de la Criminalística, publicaría diferentes libros y manuales donde describiría la forma de proceder ante las pruebas físicas para resolver crímenes.

“El delincuente ha podido antes y después de cometer el delito, utilizar cuantos medios le sugiera su astucia e instinto de conservación para burlar la acción investigadora del estado y eludir la pena; en tanto que el juez, con los datos incompletos que le suministra el hecho realizado se ve en la necesidad de despejar la incógnita del proceso, que cuidadosamente ocultan, de un lado la fatalidad y de otro los esfuerzos del criminal, razón por la que, le es indispensable suplir estas deficiencias, no sólo por el impulso poderoso de su talento, sino también por los consejos de la experiencia, propia o ajena, que a esta tendrá que acudir en defecto de la primera, ya que sin ella rara vez podrá llevar a término feliz la empresa que la sociedad le confía”.( GROSS, Hans. (1900). Manual del Juez. Traducido por Arredondo Máximo, Madrid: La España moderna, S.A.).

Asimismo, se deben mencionar autores como Francis Galton y su método aún utilizado sobre el análisis de las huellas dactilares; o Karl Landsteiner galardonado con el premio nobel por el descubrimiento de los grupos sanguíneos; y Alec Jeffreys gracias al cual utilizamos el examen del perfil de DNA para la identificación de personas.

Lorena Gómez García

BIBLIOGRAFÍA:

Bertomeu, José Ramón.  La verdad sobre el caso Lafarge: Ciencia, justicia y ley durante el siglo XIX, Barcelona, El Serbal, 2015.
Cornejo, Andrés. Diccionario histórico, y forense del Derecho Real de España, por D. Joachin Ibarra, Impresor de Cámara de S.M., 1779.
García Góngora, Juan Manuel. Introducción a las ciencias forenses. Criminalística. UOC. 2016.
Gross, Hans. Manual del Juez. Traducido por Arredondo Máximo, Madrid: La España moderna, S.A., 1900.

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